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Estampas de una Sabana de Bogotá anfibia. Entre las letras de Germán Arciniegas y los lentes de Horst Martin.

  • Foto del escritor: Diego Martínez Celis y Lorena Rodríguez Gallo
    Diego Martínez Celis y Lorena Rodríguez Gallo
  • hace 12 horas
  • 13 Min. de lectura

A partir de un encuentro ficticio entre el escritor Germán Arciniegas y el fotógrafo aficionado Horst Martin en la Bogotá de los años treinta, se contrastan sus miradas sobre la Sabana y su relación con el agua. Con base en el ensayo "El artificio de la Sabana" y de un valioso registro fotográfico, se resalta el carácter anfibio del territorio y, matizando a Arciniegas, se cuestiona la idea de que su transformación habría comenzado en el periodo colonial, evidenciando en cambio una profunda intervención prehispánica mediante sistemas de zanjas y camellones. Las imágenes de Martin, hoy conservadas en el Museo Etnográfico de Dresde, constituyen un testimonio temprano de estas dinámicas y de las transformaciones del paisaje, reforzando la necesidad de comprender la Sabana como un entorno históricamente modelado por la interacción entre los grupos humanos. y el medio ecológico.



"En 1500 el río [Funza] se derramaba a diestra y siniestra. No se le conocía cauce. No hubo caminos de tierra que hiciesen transitable la Sabana en ningún sentido. Los indios eran anfibios".

Germán Arciniegas. Diario de un Peatón. Imprenta Nacional, 1936.



Empiezan a caer las primeras gotas de lo que pronto será un pertinaz aguacero vespertino. En medio de la congestión habitual en el centro de Bogotá, dos hombres absortos en sus pensamientos coinciden en resguardarse bajo el alero de uno de los edificios modernos que, en esta década de 1930, comienzan a transformar el perfil de la ciudad. No se conocen, pero intercambian unas breves palabras:


—¡Se vino el agua!


—Sí, señor… y menos mal que el río San Francisco ya está canalizado bajo nuestros pies; de lo contrario, estaríamos nadando.


—Aquí en Bogotá el agua se desata sin aviso, ¿no le parece? En Alemania, en cambio, no es tan abundante y suele ser mucho más predecible.


—Ah, ¿el caballero es alemán? Mucho gusto: Germán Arciniegas, para servirle.


—Encantado: Horst Martin.


—Y no se imagina lo que fue esta Sabana hace cuatrocientos años… Parafraseando a mi padre: antes todo esto era monte… ¡y pantanos!…


—Y lo sigue siendo, ¡puedo dar fe!


La escena es imaginada, pero bien pudo haber ocurrido, pues ambos personajes coincidieron —no necesariamente bajo un mismo alero—, pero sí en la misma ciudad y en la misma época. El uno, reconocido escritor; el otro, discreto profesor de una escuela secundaria alemana y fotógrafo por afición.


A través de este artículo buscamos dar continuidad a aquel breve —aunque ficticio— encuentro, ahora a partir de una muestra de la obra que cada uno desarrolló, centrando la mirada en su visión sobre la Sabana de Bogotá y su relación con el agua. En efecto, tanto Arciniegas como Martin plasmaron, mediante el ensayo breve y la fotografía, sus impresiones sobre la presencia del agua en el territorio, las cuales constituyen hoy un valioso testimonio de su histórico carácter anfibio, incomprendido o insuficientemente valorado.


Germán Arciniegas fue uno de los grandes pensadores colombianos del siglo XX: escritor, periodista, diplomático y promotor cultural nacido en Bogotá en 1900, que desde muy joven impulsó revistas y movimientos estudiantiles, y desarrolló una intensa labor en el periodismo, especialmente en el periódico El Tiempo. A lo largo de su vida combinó la creación intelectual con el servicio público —como ministro de Educación en dos ocasiones y embajador en varios países— y el trabajo académico. Su trayectoria estuvo marcada por la defensa de la educación, la cultura y una visión integradora de América Latina, dejando una huella duradera como divulgador de la historia y la identidad del continente (Fernández y Tamaro, 2004; Ocampo López, 2008; Banrepcultural, en línea). En 1936 publicó Diario de un Peatón, un suplemento de la Revista de las Indias, que reúne breves ensayos que van desde disquisiciones sobre lo cotidiano, cuadros de costumbres u observaciones de carácter etnográfico, hasta la crítica política, entre los que resaltamos el titulado “El artificio de la Sabana”, un breve  pero provocador ensayo crítico sobre la presencia del agua en el territorio, que más abajo transcribimos y del que nos permitiremos unos comentarios al margen.  


(Izquierda) Germán Arciniegas en la década de 1930 (Wikipedia. Fjnovoa / Archivo de la familia Arciniegas). (Derecha) Horst Martin, entre 1938 y 1942. (Staatliche Kunstsammlungen Dresden, Museum für Völkerkunde Dresden).


Horst Martin fue un maestro y fotógrafo alemán nacido en 1902 que llegó a Colombia en los años treinta para trabajar como docente en un colegio alemán de Bogotá (hoy Colegio Andino), donde enseñó principalmente gimnasia y música hasta el cierre temporal de la institución en 1942, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial bajo el gobierno de Eduardo Santos. Más allá de su labor educativa, desarrolló una notable actividad como fotógrafo aficionado, recorriendo distintas regiones del país y capturando más de 12.000 imágenes sobre la vida cotidiana, los paisajes y diversas comunidades (Deutsche Fotothek, en línea). Su archivo, hoy conservado en el Museo Etnográfico de Dresde, ofrece una mirada amplia y diversa de Bogotá—incluyendo lugares como el Centro, Chapinero o sus arrabales — combinando escenas urbanas, retratos sociales y enfoques poco comunes que hoy constituyen un valioso testimonio visual de la época. Sin embargo su mirada fue más allá de la ciudad. Desde el cerro de Monserrate captó panorámicas poco habituales de la Sabana de Bogotá y realizó incursiones esporádicas por sus alrededores. Recorrió lugares como Fontibón, Engativá, Suba, Chía, Soacha, Tunjuelito, Mosquera, Bojacá y Facatativá, entre otros, donde documentó ríos, lagunas, humedales, inundaciones y terrenos anegados, poniendo en evidencia el carácter anfibio de este territorio.


A continuación presentamos el texto de Germán Arciniegas, intercalado con fotografías de Horst Martin, acompañadas de breves descripciones elaboradas por nosotros, en las que intentamos ubicar, en la medida de lo posible, el lugar de cada toma.


"El artificio de la Sabana"

Por Germán Arciniegas. Publicado en Diario de un peatón. Suplemento a la Revista de Las Indias. Imprenta Nacional, Bogotá, 1936.


Vista de la Sabana de Bogotá desde los cerros orientales hacia el noroccidente. En primer plano se ve la Carretera Central del Norte (hoy carrera 7a.), más lejos los cerros de Suba y al fondo el cerro Majuy de Cota.  Archivo de Horst Martin, 1934/1937 Staatliche Kunstsammlungen Dresden, Museum für Völkerkunde Dresden.


Uno de los lugares comunes más falsos que yo he oido es el de decir que la Sabana de Bogotá  es una belleza natural. Si hay algún paisaje en Colombia que la mano del hombre haya transformado, o rehecho, es el de estos campos por donde culebrea el río Funza. Hasta los días de la conquista ahí no hubo sino ciénagas, abrojos y matorrales. Esos pulidos esmaltes que hoy vemos y que van del esmeralda al oro, según soplen vientos de abril o vientos de agosto, son elaboración de una cultura de cuatro siglos.


Inundación en la Sabana de Bogotá en un tramo entre Engativá y Suba, que podría corresponder al desbordamiento del río Bogotá y/o del sistema de los humedales de Jaboque, La Florida, Tibabuyes y la Conejera. Al fondo se ve el cerro Majuy, tutelar de Cota. Archivo de Horst Martin, 1934/1937. Staatliche Kunstsammlungen Dresden, Museum für Völkerkunde Dresden.


En 1500 el río se derramaba a diestra y siniestra. No se le conocía cauce. No hubo caminos de  tierra que hiciesen transitable la Sabana en ningún sentido. Los indios eran anfibios. De las salinas en el extremo norte hasta Canoas en el extremo sur –Canoas se llamó así por ser el último puerto fluvial– se llevaban los panes de sal, los cacharros de barro cocido y las mantas de algodón, en balsas de junco. Labranzas solo se conocieron al pie de las colinas. Desde la serranía, el tablero de pulidas parcelas que ahora vemos, no era sino confusión de matorrales y de charcas, con breves espacios limpios cultivados.


Río Bogotá a su paso por la Sabana, con el agua al borde del cauce. Archivo de Horst Martin, 1934/1937. Staatliche Kunstsammlungen Dresden, Museum für Völkerkunde Dresden.


Es erróneo pensar que la Sabana fuese asiento de los muiscas. Allí no hubo sino venados y patos salvajes. Los indios se retiraban a los bordes y allá se acurrucaban. Así nacieron Guasca, Bojacá, Sopó, Chía, Zipaquirá. Por excepción había una feria en Funza o Muequetá, un cementerio en El Cerrito: lo demás era un matorral, o un juncal, por donde erraban los cazadores azorados. 


Cuerpo de agua (¿humedal en el sector El Gaco?) y terreno aledaño anegado cerca a Engativá (al fondo). Archivo de Horst Martin, 1934/1937. Staatliche Kunstsammlungen Dresden, Museum für Völkerkunde Dresden.


Teusaquillo no fue sino un cachito de tierra. Quesada se quedó en el cercado de los Zipas por sentar en un punto sus plantas desgarradas. Pero los indios de la sabana no eran los indios ricos, ni sus campos los campos cultivados, ni sus pueblos lo pueblos grandes. ¡Qué diferencia con Tunja, en donde a la puerta de los bohíos había láminas de oro que resplandecían al sol y cantaban al viento! ¡Qué diferencia con Sogamuxi y con Tundama!


Vista de la ciudad de Bogotá y de un sector de la Sabana, captada desde el cerro de Monserrate hacia el suroccidente. Archivo de Horst Martin, 1934/1937. Staatliche Kunstsammlungen Dresden, Museum für Völkerkunde Dresden.


Los españoles se propusieron en la Sabana un trabajo de holandeses. Les fueron arrebatando a las aguas sus dominios. Y a medida que se cultivaban encomiendas y se hacían camellones y al río se le marcaba la orilla, desaparecieron la maleza y las ciénagas, y los indios quedaron en seco y se les quitó el amor al agua. Empezaron entonces a encapillar los sauces forasteros, a blanquear los campanarios, a fugarse los venados. 


Vallado (acequia) o canal abierto de drenaje para controlar inundaciones o desecar terrenos anegados, paralelo a un camino cercano a Engativá. Archivo de Horst Martin, 1934/1937. Staatliche Kunstsammlungen Dresden, Museum für Völkerkunde Dresden.


De entonces data ese río de tan elaborados y lindos meandros, de tan robustas puentes romanas y de tan sosegados llorones. Un río a quien la industria de los sabaneros puso a rodar por encima de la llanura, pues que en vez de ahondársele el cauce y de acotarlo para que corriese veloz a su despeñadero, se le fueron alzando diques, para que anduviese como no andan los ríos sino los santos, es decir: en andas. Por eso el río Funza rompe los diques cada vez que hay invierno grande, y deja convertidos los campos en lagunas. Hasta por ahí el paisaje de la Sabana muestra que es de la mano del hombre, y de la mano del hombre testarudo.


Amplios sectores inundados al norte de la Sabana de Bogotá. En primer plano se ve el Ferrocarril del Norte. Archivo de Horst Martin, 1934/1937. Staatliche Kunstsammlungen Dresden, Museum für Völkerkunde Dresden.


Cuerpo de agua (humedal) cerca a Suba, con terrenos aledaños anegados.  Archivo de Horst Martin, 1934/1937. Staatliche Kunstsammlungen Dresden, Museum für Völkerkunde Dresden.



La reflexión que Germán Arciniegas compartió con sus contemporáneos sobre la ecología de la Sabana de Bogotá parte de una premisa con la que, en principio, coincidimos: la Sabana no es una belleza natural intocada, sino el resultado de siglos de transformaciones llevadas a cabo por los grupos humanos que la han habitado. Sin embargo, diferimos en la profundidad temporal de ese proceso. Para Arciniegas, dicha transformación comienza con la colonización española; hoy sabemos que, desde siglos anteriores al inicio de la era cristiana, grupos indígenas de agricultores ya intervenían este entorno —efectivamente inundable— para no quedar limitados a vivir “acurrucados”, como él mismo lo sugiere, en los bordes más elevados.


Aun así, no podemos culpar a Arciniegas por considerarlo de esta manera. En la década de 1930, cuando escribió su ensayo, el conocimiento sobre los antiguos habitantes de la Sabana era aún muy limitado. Incluso, para saber sobre los muiscas de los tiempos de la invasión española se contaba casi exclusivamente con lo consignado en las crónicas coloniales, que poco o nada registraron sobre las transformaciones que estos pueblos realizaron del territorio. Obras como las de Joaquín Acosta (1848), Liborio Zerda (1883), Vicente Restrepo (1895) o Miguel Triana (1922) dependieron de esas fuentes y del análisis de objetos —orfebrería, cerámica tejidos, etc.— provenientes en gran medida de la guaquería, práctica que poco contribuía al conocimiento de sus hacedores. La arqueología apenas daba sus primeros pasos y la Sabana de Bogotá aún no figuraba como un campo prioritario de investigación.


Hoy podríamos responderle a Arciniegas que, a lo largo de por lo menos dos milenios, las sociedades que habitaron esta altiplanicie la transformaron centímetro a centímetro, desde Chía hasta Soacha. Lo hicieron mediante la construcción de canales para el manejo de los excesos de agua y de plataformas elevadas —camellones— destinadas a la agricultura y la vivienda. La investigación arqueológica y etnohistórica (Broadbent, 1966, 1968; Boada, 2000, 2006; Kruschek, 2003; Rodríguez Gallo, 2015, 2019, 2021) también ha demostrado la existencia de una población densa a lo largo de toda la Sabana, y que su zona central —Madrid, Mosquera y Funza— fue asiento del cercado del Zipa. La imagen de una Sabana cubierta de matorrales, abrojos, juncales y extensas ciénagas corresponde más bien al periodo colonial, cuando, tras la pérdida del control territorial por parte de los muiscas, el sistema de manejo hídrico cayó en el abandono y los relictos del antiguo lago pleistocénico retomaron amplios sectores del paisaje.


Camellones de cultivo prehispánicos. (Izquierda) Área del sector de la Conejera (Suba) que hasta mediados del siglo XX conservaba las huellas de camellones de cultivo prehispánicos. Aerofotografía IGAC. (Derecha) Recreación del sistema de camellones de cultivo prehispánicos. Ilustración de Jhon Mahecha y Diego Martínez Celis, 2017.

La incomodidad que Arciniegas expresa frente al agua puede entenderse como herencia de una mentalidad española forjada en una península ibérica seca y árida, poco familiarizada con la vida en entornos anfibios. Desde los inicios de la colonización, se impuso —no sin torpeza, debido al desconocimiento del medio— la idea de desecar la Sabana a toda costa. Para 1936, esa empresa parecía lejos de consolidarse, como lo evidencia el malestar del ensayista frente a las inundaciones persistentes, que atribuía, ya para ese momento, a quienes habían optado por permitir el flujo del río Bogotá de forma más o menos libre, aunque contenido por jarillones, en lugar de canalizarlo para hacerlo correr recto y veloz, casi invisible, hacia su salida de la Sabana.


En otro punto también coincidimos con Arciniegas: los grupos antiguos que habitaron este territorio eran, en efecto, anfibios, pero no porque la naturaleza los hubiera obligado a serlo, sino porque comprendieron profundamente el medio que habitaban. Reconocieron que esta planicie pertenece al agua y, en lugar de combatirla, aprendieron a convivir con ella. Construyeron canales y camellones, pero también aprovecharon las áreas de inundación, los espejos de agua permanentes y estacionales, y los ríos como vías de comunicación, transporte y sustento. De ellos obtenían pesca (Rodríguez Gallo, 2025), recursos de caza —mamíferos y aves acuáticas que por miles llegaban periódicamente a descansar y alimentarse en este lugar (Martínez Celis, 2023).— y una red de movilidad eficiente. Sus caminos principales no eran de tierra, sino de agua efectivamente, pero nada indica que unos sean intrínsecamente superiores a los otros. No sobra recordar que grandes pueblos se asentaron junto a ríos o incluso en entornos lacustres, como ocurrió en Tenochtitlán, actual Ciudad de México.


Arciniegas tampoco debió saber que, en los mismos años en que escribía, comenzaban a tomarse las primeras fotografías aéreas de la Sabana, en las que se evidenciaban los vestigios de estos sistemas hidráulicos; pero que sólo en la década del 60 comenzaron a cobrar sentido cuando por primera vez Sylvia Broadbent (1968) reconocería en esas formas los restos de los antiguos sistemas agrícolas prehispánicos. En esas imágenes se distinguen decenas de canales que irradian desde el río Bogotá, así como plataformas elevadas situadas en meandros y en varios sectores de la planicie.


También estamos de acuerdo con Arciniegas en que el paisaje de la Sabana de los últimos cinco siglos ha sido producto de la acción de grupos humanos obstinados, pero no por no haber canalizado el río Bogotá, sino por no haber comprendido —o por haber decidido ignorar— el carácter anfibio de este medio ecológico.


Humedal. Posiblemente la Laguna de la Herrera o un sector aledaño. Archivo de Horst Martin, 1934/1937. Staatliche Kunstsammlungen Dresden, Museum für Völkerkunde Dresden.



Inundaciones en terrenos cercanos a la confluencia del río Subachoque y el desaguadero de la laguna de La Herrera, que conforman el río Balsillas en Mosquera. Archivo de Horst Martin, 1934/1937. Staatliche Kunstsammlungen Dresden, Museum für Völkerkunde Dresden.



Río Bogotá abandonando la Sabana cerca a su caída en el Salto de Tequendama (Soacha). Archivo de Horst Martin, 1934/1937. Staatliche Kunstsammlungen Dresden, Museum für Völkerkunde Dresden.


Por otro lado, en relación con nuestro interlocutor fotográfico, consideramos que, aunque Horst Martin no fue el primero en fijarse ni en retratar los espacios acuáticos de la Sabana —pues desde el siglo XIX diversos dibujantes y pintores se inspiraron en sus bucólicos y húmedos paisajes—, sí fue pionero en registrarlos mediante la fotografía. De hecho, sus imágenes podrían contarse entre las más tempranas que se conocen y que atestiguan la permanencia de la condición anfibia del territorio, incluso ya entrado el siglo XX. En este sentido, su archivo, generosamente dispuesto en línea por el Museo Etnográfico de Dresde, constituye un documento excepcional para apoyar estudios de historia ambiental y para constatar los efectos de las transformaciones de origen antrópico y del cambio climático en este territorio.


Las panorámicas de amplios sectores de la Sabana —hoy completamente urbanizados—, junto con las de vastos espejos de agua que, especialmente en invierno, se extendían hasta el horizonte como reclamando su antiguo dominio, o las del río Bogotá al filo del desborde, constituyen instantáneas que evidencian los últimos pulsos de la historia milenaria de un ecosistema único. De este apenas subsisten algunos relictos; sin embargo, gracias a estas fotografías es posible evocarlo y recrearlo, al menos desde la memoria.

..........................


Tras amainar la lluvia, nuestros esporádicos interlocutores se habrían despedido, agradeciéndose el cálido instante compartido. Caminaban con los zapatos empapados, que rechinaban sobre el asfalto, mientras apresuraban el paso con el anhelo de llegar a casa y reconfortarse con una aguapanela caliente con queso. Sin sospechar que, noventa años después, el fruto de sus letras y de sus lentes trascendería el papel para salpicar las pantallas y recordarnos que la tierra que hoy pisamos alguna vez estuvo húmeda.


Bogotá, sus alrededores y la hoya del Tunjuelo (detalle). En azul, cursos y cuerpos de agua (1944). Levantamiento de la Comisión Municipal de Aguas. Estado Mayor General. Sección Municipal de Levantamiento y datos. Levantados personalmente por Fco. Wiesner Rozo.




Cómo citar este artículo: Martínez Celis, Diego y Rodríguez Gallo, Lorena (2026). "Estampas de una Sabana de Bogotá anfibia. Entre las letras de Germán Arciniegas y los lentes de Horst Martin". En Sabanografías.



Bibliografía


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Arciniegas, Germán. (1936). "El artificio de la Sabana". En Diario de un peatón. Suplemento a la Revista de Las Indias. Imprenta Nacional, Bogotá, 1936.


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Zerda, Liborio. (1883). El Dorado: estudio histórico, etnográfico y arqueológico de los chibchas, habitantes de la antigua Cundinamarca y de algunas otras tribus. Bogotá: Imprenta de Silvestre y compañía.




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